El Diario del Pibito Barro: día 17

Hoy laburamos tranqui con el Gallego. Poco movimiento en la plaza. Don Pedro, el calesitero, se quejó toda la tarde. Lo escuché decir más de una vez: “pendejos de mierda. Qué pasa que nadie viene” y “negros villeros, muertos de hambre”.

 

El viejo de la calesita, que desde que tengo memoria tiene los mismos muñecos que se caen a pedazos, está zarpado en gil. Un pancho bárbaro. Ayer, que laburamos un poco mejor y que la calesita no paró de dar vueltas toda la tarde al ritmo de Piñón Fijo y Panam, ni abrió la boca. Y es más, le saqué la ficha porque no sabe ni disimular: las sortijas, para que los pibitos den vueltas gratis, se las da sólo a los vienen con la madre. Y el pajero aprovecha esos minutos de más para ir a chamuyarlas. El viejo cree que por regalarles un par vueltas a los hijos, las madres le van a dar bola.

 

Algunas son pillas. Saben que Don Pedro es un calentón, así que lo bebotean un poco, le dan parla y le comparten unos mates mientras sus bendiciones giran gratis toda la tarde hasta que se aburren y van al tobogán o a la hamaca. Bien por ellas, ven la jugada y la aprovechan.

 

Algo que flashié hoy, al ver a los pibitos salir de la escuela, es volver a la nocturna.

 

Mirar a los guachines con el guardapolvo blanco, medio sucio y manchado con pintura, me hizo acordar a mi época de colegio. A cuando la vieja me venía a buscar con papá, que trabajaba de noche y tenía las tardes libres y nos quedábamos tomando mate cocido en la plaza. Después en casa hacía la tarea rápido. Menos la de matemáticas, que siempre me costó.

 

Me gustaba la escuela. O por lo menos tengo ese recuerdo. Hasta sexto grado la hice piola. Después en la secundaria y con papá empezando a escabiar y bardear… se fue todo al carajo.

 

Quizá mañana, después de laburar, me cruce y pregunte en la escuela si todavía puedo anotarme.

 

 

Somos Conurbano / Todos los Derechos Reservados