El diario del Pibito Barro: día 20

No hay noticias del Tanito. Parece, según cuentan las chusmas de siempre, que le durmió plata al tranza de la casilla del fondo. Así que se tuvo que tomar el palo porque le batieron que lo iban a hacer pollo.

 

 

No se rescata más, el guacho. Seguro, en un par de semanas, cuando la cosa se tranquilice, aparece como si nada, salda la deuda y se junta con el tranza a fumar la pipa de la paz con unos porros y a nariguetear unas líneas. Figurita repetida en la villa.

 

 

A mí la bronca con él ya se me fue. Ahora me preocupa más que no le pase nada. Que los mulos del tranza no bardeen de más si lo encuentran regalado por ahí. No es que me haya comido los mocos, pero hay cosas más importantes que andar jugando al poronga del barrio. Ya soy grande para andar tirando berretines.

 

 

Ayer me olvidé de escribir algo. Bah, en verdad me parece que quise dejarlo en mi cabeza un día más antes de darle tinta.

 

 

Cuando voy y vengo del laburo siempre hago el mismo camino. No suelo cambiar el recorrido, pero ayer no sé qué flashié y doblé una cuadra antes de llegar a casa. Cuando me di cuenta donde estaba, me quería morir… frente a la casa de ella.

 

 

Andá a saber qué me llevó hasta allá. Creo que estuve dos minutos parado, seguro con cara de boludo, mirando la ventana de su cuarto. Me quería ir, pero también tenía ganas de verla asomarse por las cortinas. Cuando me cayó la ficha de en donde estaba y en lo que estaba haciendo, de la vergüenza pegué un pique hasta la esquina. Agitado me senté en el cordón de la vereda y, mirá si es raro el destino, que cuando miré el piso, en el asfalto estaba tatuado un corazón con nuestras iniciales que habíamos hecho con una ramita cuando el cemento todavía estaba fresco.

 

 

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